
Moscas.
Y andaba yo pensando… ¿Será lógico pensar como una teoría infalible aquello de que en una boca cerrada no pueden entrar moscas?
Aplicando las más elementales leyes de la física, parece del todo razonable deducir que algo así jamás podría ocurrir en la práctica…
Pero sugiero que analicemos más en profundidad un posible caso teórico, vamos al tema:
Lo más habitual es que, para evitar que se produzca un hecho tan desagradable como el insinuado en el interrogante, nuestro propio instinto actúe como bloque de contención, y retenga en la antesala de nuestras cuerdas vocales, estableciendo por tanto un incómodo silencio, ese innecesario y dañino reproche que desde hace ya tiempo ronda los lindes donde confluyen (con evidente desorden) nuestra humildad y nuestra vanidad.
Claro está que la situación provocada por este inesperado acto reflejo puede llegar a ser tan sumamente embarazosa y desconcertante como para que, al ser detectada por uno de estos molestos dípteros, éste prefiera optar por tomar una posicion estratégica: bien oculto detrás de la oreja de nuestro interlocutor más próximo, bien agazapado tras nuestro propio soplillo…
Llegados a este punto podría ocurrírsenos que acabamos de resolver el engorroso dilema inicial con resultado afirmativo, y así poder utilizar sin reparos el dicho popular: “En boca cerrada, no entran moscas.”
Pero tampoco sería descabellado pensar lo contrario, no debemos bajar nunca la guardia. La actitud de estos insectos es tan aleatoria como impredecible, por lo que es muy probable que, al menor descuido de los presentes y tras frotarse las patas delanteras sobre el borde resbaladizo, alguna de ellas, la más boba, decidiera lanzarse en picado y, sin que nos demos cuenta, acabara sumergida en el fondo de nuestro plato repleto de sopa, también boba…
Y así me hallaba yo sentado a la mesa, absorto en tales divagaciones y ante la animosa mirada de mi madre, siempre deseosa de complacer el estómago de su amado hijo…
Y permitidme que excuse relatar lo acontecido cuando, al percibir mis fosas nasales aquel cálido e inconfundible olor a gloria bendita, una nueva cuestión comenzó a rondar mis pensamientos: ¿Quién sería el guapo que, cuchara en mano, podría resistirse ante tamaña tentación?
Escrito en Microrrelatos
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