Moscas. (Microrrelato)


Moscas.

Y andaba yo dándole vueltas a una idea absurda… ¿Será lógico pensar como una teoría infalible aquello de que en una boca cerrada no pueden entrar moscas?

Aplicando las más elementales leyes de la física, parece del todo razonable deducir que algo así jamás podría ocurrir en la práctica…

Pero sugiero que analicemos más en profundidad un posible caso teórico, vamos al tema:
Lo más habitual es que, para evitar que se produzca un hecho tan desagradable como el insinuado en el interrogante, nuestro propio instinto actúe como bloque de contención, y retenga en la antesala de nuestras cuerdas vocales, estableciendo por tanto un incómodo silencio, ese innecesario y dañino reproche que desde hace ya tiempo ronda los lindes donde confluyen (con evidente desorden) nuestra humildad y nuestra vanidad.

Claro está que la situación provocada por este inesperado acto reflejo puede llegar a ser tan sumamente embarazosa y desconcertante como para que, al ser detectada por uno de estos molestos dípteros, éste prefiera optar por tomar una posicion estratégica: bien oculto detrás de la oreja de nuestro interlocutor más próximo, bien agazapado tras nuestro propio soplillo…

Llegados a este punto podría ocurrírsenos que acabamos de resolver el engorroso dilema inicial con resultado afirmativo, y así poder utilizar sin reparos el dicho popular: “En boca cerrada, no entran moscas.”

Pero tampoco sería descabellado pensar lo contrario, no debemos bajar nunca la guardia. La actitud de estos insectos es tan aleatoria como impredecible, por lo que es muy probable que, al menor descuido de los presentes y tras frotarse las patas delanteras sobre el borde resbaladizo, alguna de ellas, la más boba, decidiera lanzarse en picado y, sin que nos demos cuenta, acabara sumergida en el fondo de nuestro plato repleto de sopa, también boba…

Y así me hallaba yo sentado a la mesa, absorto en tales divagaciones y ante la animosa mirada de mi madre, siempre deseosa de complacer el estómago de su amado hijo…

Y permitidme que excuse relatar lo acontecido cuando, al percibir mis fosas nasales aquel cálido e inconfundible olor a gloria bendita, una nueva cuestión comenzó a rondar mis pensamientos: ¿Quién sería el guapo que, cuchara en mano, podría resistirse ante tamaña tentación?

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~ por Gotzon en 10 diciembre, 2011.

7 comentarios to “Moscas. (Microrrelato)”

  1. lo mucho que jode una mosca en el trabajo, donde tienes las manos ocupadas. y tan pronto te pones en vela, con periodico en mano, como si supiera que esta en peligro, deja de volarte encima.

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  2. Bertrand Russell tenía la teoría de que San Agustín se confesaba ignorante respecto a la razón de Dios para crear moscas.
    Lutero resolvió más atrevidamente que habían sido creadas por el diablo, para distraerle a él cuandoescribía buenos libros.
    Esta íntima opinión es ciertamente plausible.

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  3. Hume, por su parte, afirmó que no podía estar seguro de que ahí, ante él, hubiera efectivamente ninguna mosca.
    Hegel ni se dió cuenta de que existían las moscas.
    Popper llegó a postular que si una mosca no se deja atrapar, no existe.

    [Las anteriores sentencias son, evidentemente, apócrifas. Por si las moscas…]

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  4. Quien esté interesado en el tema no puede perderse “Movimiento perpetuo”, de Augusto Monterroso. Moscas por doquier…

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  5. A mi me encanta la estructura del relato, a modo de ensayo sobre las moscas metes unas cuantas puñaladas al género humano (por llamarlo de alguna manera).
    Cuando bailaba, en los exámenes de ballet siempre siempre había una mosca, la llamábamos la mosca de los exámenes, y nos traía suerte! aunque jodía bastante que volara alrededor mientras tratábamos de mantener el equilibrio
    Un abrazo

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  6. No me imagino viviendo en un mundo similar al de Aldus Huxley y su Mundo Feliz donde todo estuviese digitalizado y de pronto sobreviniese una guerra.

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