La Montaña de Los Cien Robles. (Cuento Infantil)


La Montaña de Los Cien Robles.

-Abuelo, mañana nos vamos todos los niños de la escuela de excursión a la montaña, ¿Nos cuentas otra vez la historia de la montaña de los cien robles?

-Claro pequeña, sentaos a mi alrededor y prestad mucha atención:

Hace muchos, muchos años, cuando yo aun no había nacido, ocurrió esta historia que os voy a relatar. A la montaña que visitaréis mañana le llamaban la montaña de los cien robles, porque eran cien los viejos robles que habitaban en sus laderas. Era un lugar donde siempre brillaba el sol, cuando pasaba alguna nube blanca, regaba los árboles y las flores que inundaban el lugar y un hermoso arcoíris surgía en el cielo alegrando el verde paisaje.

En la montaña de los cien robles vivían multitud de animales, grandes y pequeños. Las simpáticas ardillas corrían arriba y abajo de los árboles, en cuyas ramas ponían sus nidos los gorriones, muy cerca volaban los ruiseñores y decenas de pajarillos de colores que alegraban con sus cantos al resto de los animales. En lo alto de la montaña estaba la cueva donde habitaba la señora osa con sus dos pequeños oseznos, también vivían cerca sus amigos los lobos, justo donde nacía el caudaloso rio que bañaba las faldas de la montaña. Los cervatillos solían estar bebiendo en la orilla, allí donde nadaban, entre brillantes piedras de colores, enormes y esbeltas truchas, barbos y salmones. Oculta entre las zarzas tenía su madriguera el gran jabalí con sus ocho pequeños jabatos. Todos eran felices ya que tenían comida, agua y refugio en la montaña de los cien robles. Incluso dicen que bajo las raíces de aquellos robles, los duendecillos mágicos del bosque habitaban ocultos en miles de laberintos, pero nadie los ha llegado a ver jamás.

Ocurrió entonces un fatídico día que llegaron unos hombres de la ciudad y decidieron hacer una gran fábrica justo al lado de la montaña de los cien robles. El valle se llenó de grúas gigantes, los camiones destrozaban las flores y el campo con sus enormes ruedas, el ruido asustaba a los pajarillos, que corrieron a refugiarse al bosque de los robles. Los hombres, para hacer espacio y crear su inmensa fábrica, comenzaron a cortar robles, todos los días caía uno de aquellos majestuosos árboles y los habitantes de la montaña huían temerosos. Pasaron semanas y los hombres de la ciudad terminaron su fábrica, para entonces ya habían cortado todos los robles,  los animales de la montaña se quedaron sin su protección, estaban tristes y atemorizados refugiados en la cueva de la señora osa.

Cuando la fabrica comenzó a funcionar, sus chimeneas expulsaron al cielo una gran nube de humo negro. Al no quedar en pie ninguno de los viejos robles, el aire se volvió irrespirable. Los hombres se protegían utilizando máscaras de oxigeno, pero los animales comenzaron a enfermar. Las nubes blancas no se atrevían a pasar sobre la montaña, temían a aquella nube negra que no dejaba pasar los rayos del sol. Todo se quedó a oscuras, el rio se secó por falta de lluvia y fue entonces cuando la montaña se enfadó.

La montaña avisó a los animales para que se quedaran escondidos en el fondo de la cueva, comenzó a temblar con fuerza y abrió su boca gigante en lo más alto, convirtiéndose en un volcán que escupía piedras de fuego sobre la fábrica. El ruido era ensordecedor, el fuego que surgía de sus entrañas destruyó la gran fábrica mientras los hombres escapaban en sus camiones hacia la ciudad.

Una manada de cien palomas torcaces volaba desde un lugar muy lejano y muy frio para pasar el invierno en la montaña de los cien robles, protegidas por el cálido microclima que se disfrutaba en aquel paraje. Al verlo todo destruido por el fuego, preguntaron lo ocurrido al ruiseñor, que emocionado les explicó como la montaña había conseguido echar a los hombres y derruir su inmensa fábrica.

Las cien palomas volaron día y noche sin parar hasta su bosque lejano y allí recogieron una semilla de roble en su pico cada una, cuando regresaron enterraron las semillas en la tierra y avisaron a las nubes y al sol para que les dieran vida.

Pasó un tiempo y crecieron en las faldas de la montaña cien maravillosos robles iluminados por el sol y bañados por el rio y la lluvia. Así fue como los animales pudieron salir de la cueva y volver a ser felices en la montaña de los cien robles.

Desde entonces, todos los años, cien palomas llegan volando desde sus montañas lejanas, dejando caer semillas sobre la ladera de la montaña, que ahora tiene cientos y cientos de frondosos robles.

-Y bien, ¿os ha gustado la historia de la montaña de los cien robles?- Preguntó el abuelo.

-¡Siiiiiiii!- Gritaron todos los niños a coro.

-Muy bien, ya sabéis que tenéis que ser respetuosos con la naturaleza y sus habitantes, mañana cuando volváis de la excursión os contaré otra historia aún más fantástica sobre esos duendecillos mágicos del bosque que nadie ha logrado ver jamás…

Al día siguiente los niños disfrutaron de un día soleado en su excursión a la montaña y pudieron ver a algunos de los animales que viven entre los robles. Incluso vieron la entrada de la cueva de la señora Osa. Pero por mucha atención que pusieron, ninguno de ellos pudo ver aquellos diminutos duendecillos mágicos, que los vigilaban muy atentos, ocultándo su presencia bajo las raíces de los árboles.

FIN.

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~ por Gotzon en 20 enero, 2010.

Una respuesta to “La Montaña de Los Cien Robles. (Cuento Infantil)”

  1. Precioso Gotzon un cuento maravilloso, ojalá rodo fuese tan fácil y las montañas pudisen echar esas negras fábricas. Y no sólo las fábricas ojalá algún dia los humanos seamos capaces de dejar de ceernos el ombligo del mundo y empecemos a respetar lo que nos d la vida.

    Besos

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